En determinadas ocasiones una llega a preguntarse si ciertos números musicales procedentes del cine español de antaño, más que responder a un atracón de setas con poderes alucinógenos, no formarían parte de algún magistral plan secreto del Régimen para pasar mensajes codificados de vital importancia estratégica a sus aliados internacionales, tal es el nivel de bizarrismo cursilero que alcanzan sus letras y sus coreografías, imposibles de entender en un plano más profano. Y si no, vean a qué me refiero mientras toman nota de las claves aquí ocultas bajo tan inocente apariencia:
Ver número del “Ki ki ki, cua cua cua”
La escena, como ya sabrán muchos de ustedes, pertenece a la película “Sor Ye-ye”, uno de los grandes éxitos de la comedia musical patria de los 60 (y del cine religioso, versículo monjas, puestos a decir) que dirigió Ramón Fernández, responsable de la serie “Cuéntame”, a partir de un guión del inefable Vicente Escrivá, lanzando a la fama a la actriz mexicana Hilda Aguirre, que compartía cartel con el galán venezolano Enrique Guzmán, y que contaba con la presencia del grupo Los Yakis Voladores (¡IMPERDIBLE CANCIÓN!). Huelga decir que aquella historia sobre una joven huérfana, vocalista de un grupo yeyé, que lo abandonaba todo, novio incluido, para abrazar los hábitos, y que revolucionaría el convento con su jovial proceder, llegando a participar en el Festival de San Remo, aparte de intentar cumplir como entretenimiento familiar, tenía la finalidad de ofrecer una imagen más amable y moderna del gremio de monjas, avivando, de paso, posibles vocaciones religiosas entre las púberes espectadoras. Claro que, visto lo visto, no sé yo…
La cuestión es que el personaje de aquella monja cantarina no tardó en ser absorbido como icono kitsch por la cultura popular, y hoy en día no hay convento, escuela católica o congregación que no disponga de su propia hermana apodada Sor Yeyé, normalmente debido a su carácter locuelo. Ese mismo año la acompañaría “Sor Citroen”, otra monja marchosa, y esta vez además motorizada, que se sumaba a la labor de reflejar en el cine los aires aperturistas del entonces nuevo Concilio, también conocido como el de las misas con guitarras.
Por cierto, según parece, Hilda Aguirre protagonizó un asunto a lo Milli Vanilli cuando se supo que la encargada de poner voz a los temas de la película no era ella misma, sino que había sido imbuida por el espíritu (y no precisamente santo, sino mucho más terreno) de su compatriota Estela Núñez.































