La pérdida

29.02.2024

Las grandes tragedias llegan siempre sin avisar. Irrumpen en nuestras vidas cuando menos lo esperamos. Confiados, nos asaltan por sorpresa y nos golpean hasta que ya no volvemos a ser los mismos.

Aquel día amaneció lloviendo. Podía escuchar el golpeteo de la lluvia en los cristales. De vez en cuando, las corrientes de aire levantaban la cortina y el dormitorio se llenaba de una luz amarillenta, casi fantasmal.

Luego, poco a poco, iban apareciendo sonidos cotidianos: los bufidos de los gatos en el corral, las hortelanas voceando su mercancía, los mugidos de las vacas atravesando la calle, el reloj de la iglesia dando las horas, las medias y los cuartos....

Era domingo. Lo sabía por el olor dulce de las tortas de anís que me llegaba desde la cocina. Mi madre sólo las preparaba los domingos.

A mediodía dejó de llover. Debajo del tejadillo del patio, junto a la tinaja grande de las aceitunas, me senté a leer. De los tiestos de barro me llegaba el aroma inconfundible de los geranios. Parecía un domingo como otro cualquiera.

Por la ventana de la saleta, la voz de la vecina me llegó limpia y clara:

—¡Qué desgracia Dios mío! ¡tenía sólo diecisiete años, y así de repente...! 

 —¿Cómo voy a decirle a mi hija que Pablo ha muerto? ¡Ay, señor! ¡Qué pena! —respondió mi madre.

Corrí por el portón de atrás, al camino de la longuera. Se había levantado un viento frío que arrancaba, de cuajo, las hojas de las moreras. Aquel camino que tantas veces había recorrido con Pablo, ahora me parecía desconocido, como irreal.

Al llegar a la casa de Pablo vi las puertas abiertas de par en par. En una de las habitaciones, sobre un caballete, reposaba el ataúd. Había un olor dulzón a flores y cera derretida. No sé por qué me fijé en sus zapatos. Eran unos zapatos negros, que me parecieron extraños, como de otra época. Parecían los zapatos de un fantasma, que acabara de calzárselos.

    A través de la ventana, la luz mortecina de la tarde, cubría la estancia de vapores blanquecinos. Pasé la noche en vela junto al cuerpo de mi amigo. Sentía que algo muy grande se había quebrado para siempre, en el fondo de mi ser. Por primera vez, contemplaba la muerte cara a cara, en las sienes amoratadas de Pablo, en la rigidez de su cuerpo, en sus manos heladas...

    Un pensamiento zumba en mi cabeza como una chicharra: la absoluta certeza de que todos acabaremos muriendo. 

    Todos acabaríamos muriendo. Algún día, del pueblo, tan sólo quedarían un puñado de piedras. Todos acabaríamos convertidos en partículas de ceniza, que el agua arrastra.